Cuando vas a tu intocable recinto, si te pido, lastimero, que vuelvas, y tú mantienes silencio en la lengua, busco, en la obscuridad del infinito, el mapa del laberinto maldito; la luz redentora en la negra selva; el áureo camino que devuelva tu aroma exhalado, ese dulce mito. Mas es tu costumbre darme la espera, regalarme el gusano despiadado que carcome el alma y desasosiega. Dame fin de una vez apuñalado; niégate; desgarrame e incinera, déjame muerto, pero liberado.