Son las dos de la madrugada y sigo con sabor a café. Una taza cargada bebida al atardecer es el asesinato de la mañana siguiente. Cafeinado no duermo, sin dormir recuerdo. Recuerdo un día cuando tomando café se me fue el tiempo y el destino fingió que me esperaba; te conocí por mi retraso; fui yo quien lo esperó a él; su cómplice el café. Tampoco olvido aquella vez cuando tomaba uno cargado, llegaste, te acercaste y dijiste: "no me gusta el café, llévate su olor de aquí". Otra ocasión fue aquella cuando me viste bebiendo de una taza y con decisión lo probaste: "yo también quiero, dame", exigías. No te importó que fuera amargo, bebiste. Sigo preguntándome a qué te sabía. Desde ese entonces pedías cada vez más seguido un descafeinado, "ven, te invito un café", decías, y al acabar el día todas las tazas seguían limpias y el sueño llegaba instantáneo y profundo. Esos cafés incorpóreos, sin olor ni sabor son los mejores que he tomado. Inevitablemente todo me ...